
ARTICULO VIAJE A ARGENTINA
Selvas, alta montaña, grandes llanuras, desiertos, playas… en casi 3.800.000 kilómetros cuadrados cabe de todo. Esto y mucho mas es Argentina, un país hermano en el sur del continente Americano.

Al salir del aeropuerto, tras unas 12 horas de vuelo, empiezo a recibir las primeras sensaciones. Me doy cuenta de que la vegetación es muy abundante, hay mucha hierba y los árboles son muy frondosos, el tráfico es abundante, se deja notar que estoy en los alrededores de una gran ciudad. No en vano, la aglomeración urbana de Buenos Aires tiene más de 11 millones de habitantes. Sin embargo, al llegar al centro, me doy cuenta de que los parques y zonas verdes ocupan una parte muy importante de la ciudad. En Buenos Aires no hay falta de agua y esto se traduce en arboledas en casi todas las calles… jardines, flores, sí, es una ciudad muy verde. También de muy amplias y largas avenidas. Vale la pena emplear algunos días para pasear y conocer un poco la capital de Argentina; son muchos sus atractivos, así que es lo me dispongo ha hacer. Después de haber viajado por Europa, África y algún país asiático, esta es la primera vez que estoy tan lejos de España y puedo seguir hablando español, me resulta curioso y pensando en mi precario Ingles, también me resulta muy útil, aunque no me puedo confiar y tengo que poner los cinco sentidos, pues el significado de las palabras difiere muchas veces del sentido con el que las usamos normalmente en España y esto provoca muchas veces las situaciones mas divertidas.
En la zona de Puerto Madero, hay infinidad de restaurantes, bares, pubs, donde empezar a conocer la gastronomía del país, os aseguro que vale la pena. Este lugar era el antiguo puerto de la ciudad que se construyó a partir del año 1855, pero que a raíz de la realización de las obras del Puerto Nuevo entre 1911 y 1925, entró en decadencia hasta su abandono. Fue a partir de los años noventa del pasado siglo, cuando se reconvirtió Puerto Madero, como una zona de actividades comerciales, administrativas y de ocio, pero manteniendo gran parte de los edificios originales. No tiene Buenos Aires grandes catedrales, palacios o mansiones coloniales, pero su atractivo es otro, como ese cruce de culturas europeas, que siento al pasear por sus calles o al sentarme en las terrazas de bares y cafés. Puedo percibir también, de que la ciudad ha disfrutado de la abundancia así como de la escasez, de grandezas y miserias, pero que mantiene un espíritu alegre y optimista.
A 32 kilómetros al noroeste de Buenos Aires, está la ciudad de Tigre. El nombre de esta ciudad parece que proviene de una vieja historia de cazadores de yaguaretés (tigre americano). Al parecer vivían en la zona una pareja de cazadores muy famosos por sus habilidades a la hora de cazar a estos felinos. El puerto fluvial de Frutos, es, sin duda, el mayor atractivo de la ciudad. Es, desde luego, una zona muy turística, pero me decido a tomar alguno de los catamaranes que realizan excursiones por el delta y no me arrepiento me resulta un paseo muy agradable. En otra de las dársenas del puerto, de la tres que tiene, me encuentro con lanchas-almacén, que forman un curioso mercado acuático para abastecer de frutas y verduras a la localidad. La tercera, es el lugar donde descargan los barcos madereros provenientes de las islas forestales del Delta cargados con troncos de álamo y sauce hasta no poder mas, de hecho dan la impresión de ser pecios, hundidos bajo el peso de toneladas de madera. Hay un mercadillo donde se venden artículos de madera y mimbre, dulces, flores y frutas locales. Como me queda mucho viaje por delante no me apetece comprar nada y tener que cargar con ello el resto de días, pero me parece que es un buen lugar en el que adquirir algún mate, recipiente hecho con la calabaza seca o con otros diferentes materiales, donde se bebe la infusión de yerba mate. Difícil, por no decir imposible el que nos guste el mate la primera vez que lo probemos, es de sabor amargo, aunque te das cuenta de que la gente bebe mate a todas horas y en todos lo lugares. Suelen llevar consigo un termo, para mantener el agua caliente, el mate y la bombilla, que es una especie de “pajita” con la que beber la infusión y que en su base dispone de un filtro para no absorber la yerba. El mate se comparte con todos los presentes; es una ocasión para hacer un alto en el camino, una parada en el trabajo o compartir unos minutos de conversación con los amigos, cualquier momento es bueno, es de hecho, un acto social el compartir el mate con los demás. Incluso su preparación tiene cierto ritual. El Mate, cuyo nombre científico es Ilex Paraguayensis, es un árbol de unos 4 ó 5 metros de altura; los principios activos se encuentran en las hojas que se cosechan en forma de poda, para no dañar al árbol. Contiene hasta un 2% de cafeína, taninos, una esencia y un alcaloide llamado mateina. Tiene propiedades estimulantes y digestivas entre otras. Si te ofrecen beber mate alguna vez, acéptalo pero recuerda que es como la tónica, al principio no te va a gustar, pero quizá con el tiempo tú también te aficiones a beber mate, yo ya lo he hecho.
Pero entre mate y mate sigo mi viaje, debo continuar viaje hacia el norte. Tras un largo enlace por carretera, llego a MERCEDES, provincia de C O R R I E N T E S, donde cojo la ruta 40, ya sin asfaltar. Es una pista muy ancha, bastante pedregosa, pero rápida, en la que me cruzo con multitud de camiones madereros, que suelen utilizar estas rutas sin asfaltar, para evitar los controles de policía. Hay que ser prudente con la velocidad, pues de vez en cuando me puedo "comer" algún bache profundo que me provocaría, tal vez, alguna avería que daría al traste con el resto del viaje. A los 120 km. aproximadamente la pista me lleva hasta Iberá y la Colonia Carlos Pelegrini. Este es el lugar lógico donde alojarse para visitar los Esteros Del Iberá, que en lengua guaraní significa agua brillante. Son los esteros, una amplia red de marismas y lagos, que forman en segundo humedal más grande del continente; el área abarca entre 15.000 y 20.000 km2. Existe un centro de interpretación donde aprender más acerca del lugar y que visito antes de iniciar un paseo en lancha con los que podré observar la fauna y flora de los esteros. Son abundantes y fáciles de observar, los yacares negros (caimán yacare) y los yacares overos (caimán latirostris), algunos de estos reptiles llegan a medir casi tres metros de longitud. Resulta impresionante acercarse con la lancha a solo uno o dos metros de un yacaré de este tamaño, cuando por la mañana sale a tomar el sol que le hará recuperar el calor que ha perdido durante la noche, pues son animales de sangre fría y su temperatura corporal depende del exterior. Dan la impresión de ser animales tranquilos y pacíficos y suelen estar tan quietos, que parecen parte del decorado de alguna película o parque temático, incluso tengo la tentación de alargar mi mano para tocarlos y comprobar que son reales, pero me aguanto las ganas ya que sus rápidos reflejos y movimientos, añadido a la descomunal fuerza de su mandíbula, podrían hacer que perdiese alguna de mis valiosas extremidades. Otro de los animales que abundan por estas lagunas es el carpincho o capibara, que es el roedor más grande del mundo, y que llega a los 80 kilos de peso. Es herbívoro y se alimenta de plantas acuáticas y gramíneas ribereñas. En los esteros es una especie protegida y no se puede cazar, salvo los guaraníes, a los que se les permite cazar un ejemplar por día y familia, ya que su carne es de muy buen sabor y su piel se utiliza para marroquinería. Más difíciles de observar son el ciervo de los pantanos, el guará guazú, una especie de zorro, o las diferentes variedades de serpientes, como la muy venenosa yarará, la serpiente de cascabel o la coral, entre otras. Entre las aves pude avistar al vistoso tucán mayor, el ñandú, algunas rapaces e innumerables variedades de palmípedos.
Con multitud de imágenes grabadas en mi retina, sigo hacia el norte por la ruta 40 y 41, la pista se ha vuelto mucho más arenosa, pero sigue siendo muy ancha y bastante rápida, salvo las zonas donde hay roderas debido al paso de los camiones cuando hay lluvias. Retomo el asfalto al llegar aproximadamente a la provincia de Misiones. Mi objetivo es El Soberbio y desde allí tras recorrer unos 40 kilómetros de pista, alojarme en Logde Don Enrique, en la Reserva de la Biosfera Yabotí. Para disfrutar de las bondades de este establecimiento, hay un par de condiciones indispensables, llegar en un todo terreno y tener un mapa de la zona o un guía, afortunadamente reúno las dos condiciones. La pista que tomo al principio, que está relativamente transitada, la abandono pronto por otra mucho mas estrecha y que además se introduce en una zona mucho mas quebrada. Con constantes subidas y bajadas la pista está cada vez mas rota y en algunos tramos se me hace necesario utilizar las reductoras y máxime si, como ocurre en esta ocasión, se me ha echado la noche encima y está lloviendo. Para complicar mas las cosas me cruzo un par de camiones madereros, furtivos, pues lógicamente, nadie se metería por esta zona, a estas horas, por esta pista y cargado hasta arriba de troncos de madera. Con lo estrecho de la pista y de noche se hace difícil encontrar un lugar donde cruzarme con los camiones. Pero al final llego al logde, donde me están esperando. El esfuerzo y el camino han valido la pena y aunque el lugar me parece idílico, no lo apreciaré en su justa medida hasta el día siguiente, cuando, con la luz del sol, pueda apreciar realmente donde me encuentro. El matrimonio que regenta el lugar, me presenta a los únicos huéspedes que hay y que son una pareja de Buenos Aires que ha venido a pasar unos días alejados de la civilización. Lo habitual es compartir la mesa con los demás huéspedes, que nunca serán muchos, pues el hotel solo cuenta con cuatro bungalows en los que se pueden alojar hasta cuatro personas; los dueños compartirán la mesa con nosotros y como son grandes conocedores del lugar su conversación siempre es muy interesante y enriquecedora. A la mañana siguiente me doy cuenta que estoy en medio de la selva impenetrable, la vegetación es exuberante y estoy al lado del río Paraíso o Ipané en guaraní. Todo invita al relax, las cabañas disponen de una amplia terraza que da al río en la que se pueden pasar horas con la simple actividad de escuchar los ruidos de la selva y disfrutar de la tranquilidad más absoluta. Aquí es literalmente imposible el contacto con el mundo exterior; no hay teléfono, ni fijo ni móvil, casi no se oye la radio y por supuesto no hay televisión. La única manera que tienen las personas que viven o se hospedan aquí, de comunicarse con el resto del mundo, es a través de una emisora de VHF, con la cual, si la propagación de las ondas es propicia, cosa que no ocurre siempre, los dueños se comunican con su hijo en Buenos Aires; el es quien se encarga de coordinar las reservas y de comunicar como y cuando llegan los huéspedes al logde.
Tras el descanso, que ha sido muy bienvenido, máxime disfrutándolo en este sitio, continúo por la pista que me trajo hasta aquí. La diferencia es que en mejor o peor estado, esta pista es transitada con frecuencia hasta el logde, pero a partir de aquí hace tiempo que no pasa nadie. Tras un pequeño vadeo, que tal vez en otra época del año no sea tan pequeño, empiezo a darme cuenta de lo dicho, la vegetación con mas de dos metros de altura en pleno camino, indican que hace tiempo que esta pista no se usa. Se hace difícil adivinar por donde sigue la trazada, es casi como un juego de azar el decidir sobre cual es en realidad la pista. El avance es lento, no solo por la falta de visión, si no también por que de vez en cuando hay que bajarse a retirar troncos de árboles caídos, que impiden el paso. Algunos requieren que use el hacha para cortarlos, otros se pueden retirar solo enganchándolos con el cabrestante. Empiezo a pensar que no llegaré a mi destino previsto para hoy, los saltos del Moconá, pues no esperaba tener que trabajar tanto para seguir avanzando, estoy cansados de “darle” al hacha y con esta humedad se suda mucho y el desgaste físico es mayor. Pero de repente, mi intransitada pista me da una sorpresa, desagradable sorpresa. La selva ha desaparecido como por arte de magia, solo que no ha sido un mago el que me ha sacado de mi divertido y entretenido camino. Observo con toda su crudeza el impacto que sufre la selva paranaense por culpa de la tala indiscriminada de árboles. El espectáculo es desolador, ante mi no queda un árbol en pie, las motosierras y bulldozers se han encargado de borrar todo vestigio de lo que hasta hace muy poco tiempo era selva impenetrable, tal como era el camino por el cual venía. Antes de que el hombre irrumpiera en la selva de la cuenca del río Paraná, esta ocupaba un millón de kilómetros cuadrados, en la actualidad solo queda un 6% de aquella selva original. Espero que las diferentes administraciones sepan conservar lo que queda e impulsar la recuperación de lo que se ha perdido. Tristemente mi avance se torna más rápido y puedo cumplir, aunque algo retrasado con mi objetivo.
Los saltos del Moconá, están formados por una falla de unos 3 kilómetros en el curso del río Uruguay y en el que confluyen también los ríos Pepirí, Guazú, Yabotí, Serapio y Calixto. Llegan a tener hasta 30 metros de altura, aunque en la época de crecida de los ríos, esta falla se llega a tapar y no se pueden ver los saltos. La profundidad de la falla supera los 100 metros. La característica mas especial de estos saltos es que se forman de forma longitudinal al curso de río y no de forma transversal como sucede en el resto de cascadas, es de hecho un salto único en el mundo debido a esta razón. Para observar los saltos hay dos posibilidades, una es coger una lancha en El Soberbio que nos llevará hasta debajo mismo de la cascada y una segunda posibilidad es ir por pista hasta la parte alta de los saltos; allí meterse en el río e ir andando a duras penas por la grandes piedras de río Uruguay hasta la parte alta de la cascada, esta segunda opción es por la que me he decantado, tal vez por ser la mas “aventurera”. El camino, por llamarlo de alguna manera, está balizado con algunos postes blancos, que te indican como llegar hasta los miradores, en ocasiones el agua me llega hasta la cintura, he de tener cuidado con las cámaras fotográficas, llevarlas en una bolsa estanca, pues de vez en cuando doy un traspié y me sumerjo casi totalmente en el agua. Al final el esfuerzo vale la pena, además he tenido la suerte de ver los saltos en una de sus mejores épocas, cuando mas altura tienen, impresionante.
Mi siguiente destino, Eldorado, dista unos 300 Km. de los saltos del Moconá. Primero utilizo la pista numero 21 y después la 16, esta ultima es muy enrevesada, bastante estrecha en algunos tramos y como ha llovido copiosamente, está llena de charcos, algunos de ellos se convierten en todo un vadeo, cubriendo casi por completo las ruedas del Defender. Empieza a llover de nuevo cuando estoy llegando al lugar donde pienso alojarme, un albergue colgado sobre un acantilado que da al río Pirai Miní, pero muy cerca de su desembocadura al río Paraná. Aquí todavía queda selva cerrada y se disfruta de una tranquilidad absoluta, el arroyo, aunque para mi es todo un río (el caudal que tiene aquí es similar al del Ebro cerca de su desembocadura) es de aguas mansas y se puede navegar por el. El sol que entra por el amplio ventanal de la habitación, me despierta a despuntar el día. Al asomarme a la terraza veo a los pájaros sobrevolar las calmadas aguas del río. El verde es intenso y relajante. Los ruidos de la selva, lejos de molestarte a estas horas de la mañana, te ayudan a despertar de una forma relajada. El olor de la tierra y la hierba mojada durante el pequeño diluvio de la noche anterior, ese olor dulce y fresco, me abren el apetito y nada mejor para empezar el día que desayunar en una terraza sobre el río con sol de la mañana reflejándose en el agua del Pirai Miní como si de un espejo se tratara.
La ciudad de Wanda, que, según cuentan sus habitantes, tomó su nombre de una princesa polaca, es conocida por sus minas de piedras semipreciosas. Hago un alto en nuestro camino hacia las cataratas del Iguazú, para acercarme a las minas de la Compañía Minera Wanda. Por la pista de tierra roja, me asaltan multitud de niños que me quieren vender alguna piedra u objetos decorativos hechos con ellas; me recuerda a la zona de la minas de fósiles en Erfoud, donde, como suele ser habitual, también una caterva de niños te asaltan con piedras de fósiles en las manos, intentando venderte algo con lo que ganarse unas monedas; aunque la distancia entre unos y otros es enorme, las necesidades de los niños son las mismas y también sus problemas. A pesar de que en estas minas se extrae cristal de roca, la labor principal se centra en las amatistas, dado que el cristal de roca carece de valor gemológico. Si la amatista es quemada su color se vuelve amarillo y entonces se denomina topacio. De un movimiento de diez toneladas de roca, se extrae un kilogramo de amatista en bruto; de siete mil kilogramos de amatista en bruto, se extraerá solamente un kilogramo de la parte del cristal que, por su transparencia, tenga valor gemológico. De esta última quedarán unos cien gramos apenas, o quinientos quilates, de gema lapidada (quilate = 0,20 g).
Me restan solo unos 40 kilómetros de carretera para llegar a las cataratas del Iguazú, mi destino final, pero decido ir por una pista, que resulto ser militar y de uso restringido, pero que fue muy divertida, ya que se notaba que hacia mucho tiempo que no pasaba nadie por ella y esto, añadido a las intensas lluvias y a esta rojiza tierra, que cuando se moja se torna en jabón, convirtieron la llegada a Puerto Iguazú en toda una aventura.
Que mejor broche final para este periplo, que la visita de la Cataratas del Iguazú. Se hallan estas dentro de la demarcación del Parque nacional Iguazú, creado en 1934 y que posteriormente en 1984 fue declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco, no solo por sus bellezas naturales si no por su biodiversidad de selva subtropical. El conjunto de las cataratas está formado por entre 160 y 260 saltos de agua, dependiendo del caudal que tenga el río, y que llegan a tener hasta 80 metros de caída en la llamada Garganta del Diablo, el mas espectacular de todos los saltos. Por termino medio caen unos 1.500 metros cúbicos de agua por segundo, cuya violenta caída provoca una niebla permanente, a parte de un fuerte viento y un ruido ensordecedor. Cuando los rayos solares inciden sobre esta masa de agua en suspensión se forman vistosos arcos iris que realzan la belleza del conjunto. Es un experiencia única acercarse en lancha, a través de la Garganta del Diablo y ver como cae toda esa cantidad de agua casi encima de ti; incluso el piloto de la lancha se permite el lujo de meterse debajo de algunos saltos mas pequeños para “duchar” al personal. Toda la zona esta equipada con pasarelas para que podamos acceder andando a casi la totalidad de los saltos, tanto del lado argentino como desde el lado brasileño, eso sí, si queremos recorrerlas todas, deberemos estar en buena forma y tomar las debidas precauciones con el sol, calor y humedad, es seguro que estos tres factores los encontraremos en abundancia; el último día casi tengo que pedir que me saquen de allí a los equipos de primeros auxilios del parque. Aunque tengo que reconocer que al principio me desilusiono ver una maravilla de la naturaleza tan, si me permitís la expresión, “prostituida”, acabé reconociendo que es la única manera de llegar a todas las zonas de los saltos y apreciarlos en toda su grandeza, además nadie dejaría “escapar” un negocio que mueve un millón de visitas todos los años y los argentinos y brasileños no iban a ser menos.
Para acabar el viaje, me permito el lujo de ir a Brasil y darme un homenaje en forma de cena con espectáculo incluido además de las caipiriñas en un bar de moda de la ciudad de Foz do Iguazú, la verdad es que estando ya, de facto, en Brasil me empieza a entrar el “gusanillo” de seguir hacia el norte a descubrir nuevos paisajes, tal vez el Matto Grosso o la selva del Amazonas, pero no hay mas tiempo y al día siguiente debo, primero devolver a mi compañero de fatigas en este viaje, el Land Rover Defender y segundo coger el avión que me llevará desde Puerto Iguazú a Buenos Aires y luego cambiar de aeropuerto para tomar otro avión que me traiga desde la capital argentina a España. Tal vez el próximo viaje sea a Brasil, aunque en Argentina me queda mucho por descubrir y además se habla español.

