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Autor Tema: Relato de un viaje a Tombouctu de agosto 2007: 2ª PARTE.  (Leído 639 veces)
AOV
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« : Octubre 10, 2007, 10:19:15 »

RELATO DE UN VIAJE A TOMBOUCTÚ. AGOSTO DE 2007.
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Segunda parte: “Visitando el Sahel”.     (5 hojas WORD)

El siete de agosto no nos entró ninguna prisa para marcharnos de allí. Nos bañamos, desayunamos, nos bañamos otra vez, recogimos las cosas, nos volvimos a bañar y, cuando el sol empezó a pisarnos la cabeza a media mañana, arrancamos. Primero volvimos a la carretera por los sesenta kilómetros de la misma pista que utilizamos ayer, y luego enfilamos rumbo sur recorriendo los casi trescientos kilómetros que había hasta Nouakchott, la capital. En aquella carretera nos pillo el medio día, el sol subió hasta arriba del todo como para coger carrerilla y lanzarnos sus rayos con mas fuerza, el paisaje se iluminó de tal manera que hizo imposible que lo mirásemos, casi, y la llanura resplandeció. Los amarillos, naranjas y violetas del desierto matinal se convirtieron en blancos y grises ahora; no fue que la arena cambiase sino que tanta luz lo quemó todo, entonces. Llegó un momento en el que el horizonte empezó a hacerse vació, a desaparecer literalmente, y mi hijo Gerardo empezó a ver espejismos muy ilusionado ¡distinguiendo claramente lagos, y oasis, y ciudades con mezquitas de las que distinguía los minaretes, y creía ver también a la gente con sus coches moviéndose por las calles, incluso…!. El termómetro subió a los cuarenta y cinco o cincuenta grados antes de romperse. Por fin, cuando llegamos a Nouakchott era media tarde, la canícula empezó a remitir, gracias a Dios, y todos nos fuimos directamente a la piscina del hotel “Mercure”, un cuatro estrellas que nos parecieron muy bien merecidas, ¡eso si que era un oasis!. Al anochecer pudimos sacar las bicicletas e ir a cenar al restaurante “Lina” dándole al pedal, la primera vez que lo hacíamos en todo lo que llevábamos de viaje, y me hizo gracia ver la cara de extrañeza que ponían los mauritanos al ver a los Blancos paseando en bicicleta por allí.

Pero antes de salir corriendo por “La Ruta de La Esperanza”, sugerente nombre dado a aquella carretera del sur construida a principio de los 90 para desenclavar las regiones sahelianas del interior, las zonas fronterizas con Senegal y Malí, debíamos tomarnos con calma lo de pedir el visado en su Embajada. Empezamos la mañana del ocho de agosto con un tranquilo desayuno en la terraza, despacio, y luego fuimos dándole al pedal a la Embajada de Malí, mas despacio todavía, mentalizándonos. Allí saludamos a diestro y siniestro dando la mano a todo bicho viviente como era costumbre en el país, rellenamos impresos, entregamos fotos y pagamos tasas para vernos citados a las doce del medio día con el resultado, luego. Vuelta al hotel a recoger y pagar las habitaciones, cargar equipajes y pagar al aparcacoches, parar en una oficina de Seguros y pagar el Obligatorio de los vehículos, visitar un supermercado y pagar el agua mineral y unas latas, alto en una gasolinera y pagar el “llénemelo” de todos los depósitos y bidones, paseo por el mercado y pagar unos “souvenir” inútiles… Después de tanto pagar, al volver a la Embajada nos regalaron unas amistosas sonrisas espectaculares gratis completamente, , por fin, anticipo a las que nos encontraríamos en su tierra, después; ¡como me gustaba Malí!. “La Esperanza” estaba bien asfaltada y podría permitir circular rápidamente pero había que reconocer que también estaba “bien controlada”; ¡proliferaban barreras de Policía, Gendarmería y Aduana que desesperarían al mismísimo santo Job!. Cada Comisario ponía una barrera a la entrada y otra a la salida de “su” ciudad para controlar a los que estaban dentro, como en el “Far West”, y cada Comandante de la Gendarmería hacia lo mismo a la entrada y salida de su “arrondisement”; ¡salías de uno y entrabas en el otro, claro, y las había a parejas!. Y los cruces de carretera eran territorio de la Aduana porque, a falta de poder controlar unas fronteras absolutamente permeables, se suponía que la gente entraba por donde quería pero luego debía circular por allí para ir a las ciudades, claro, lógicamente. Nosotros teníamos varios sistemas para “pasar” sus Controles: a) Sistema “Grand Patrón”, que a mi no me gustaba porque te perdías muchos encuentros interesantes; hacerles el feo de pasar a toda leche sin mirarles siquiera, desafiantes, e incluso encendiendo los “warning”, a veces. b) Sistema “Touriste Blanc” que sí me hacia mas gracia; pasar un poco mas despacio corriéndoles de oreja a oreja, saludándoles efusivamente con las manos cuando ellos nos hacían gestos para que paráramos, como si nos respondieran al saludo. c) Sistema “Les-lui filer”, mi preferido; detenerse, saludar dando la mano al estilo local, explicar de donde veníamos, a donde íbamos, lo típico, y arrancar de nuevo tranquilamente sin darles tiempo a que abrieran la boca. d) Sistema “Chef de Groupe”, el que mas les gustaba a ellos y que solía venir acompañado del reparto de pequeños regalos, gorras, camisetas, bolígrafos; que el primer coche de la caravana llevara unas fotocopias con la lista de todos los datos de los compañeros, las fuera entregando, y “pidiendo la route”… Etcétera. Fuimos haciendo un popurrí de todos ellos porque lo ultimo que había que hacer allí era parar, esperar y ver; ¡si tu andabas sin prisa, imagínate ellos…!. Saltando de Control en Control como ranas migratorias pudimos recorrer unos vespertinos cuatrocientos kilómetros por una buena carretera que atravesaba la zona de dunas amarillas del “erg” Trarza y nos presentaba en las llanuras verdes de El Abiod, el mismísimo corazón del territorio Maure, unas inacabables planicies desérticas en “época seca” que ahora, en “época de lluvias”, estaban inundadas por charcos inacabables, como lagos, con bellísimas praderas brillantes sobre las que pacían rebaños que parecía estuvieran levitando. Al anochecer plantamos nuestro campamento por allí, al aire libre, con las tiendas de campaña, la fogata, mesas, sillas y todo el aparatoso tinglado incluido; ¡para mi, mejor que en un hotel, desde luego!.

El nueve de agosto empezamos al trote, al trote, y luego al galope, al galope, al galope... Pasamos el día en los coches recorriendo unos quinientos kilómetros de “La Esperanza” pero hubo tiempo para paradas agradables: Por ejemplo, en el Paso de Djouk, justo donde se salía de las llanuras del Abiod y se subía a las colinas de La Assaba, donde unos campesinos Negros nos mostraron un pozo de agua limpia y fresca con la que refrescarnos; tiene algo de mágico eso de arrancarle el agua al pozo de un oasis... Y también estuvo bien la parada a comer a la sombra de una acacia espinosa después de Kiffa echando una siesta sobre una duna mientras Gerardo disfrutaba persiguiendo unas cabras con su buggy de radio-control. Lo que ya no estuvo tan bien fue lo de Tintane, al atardecer, porque nos encontramos el pueblo sumergido como La Atlántida en el agua del lago desbordado con las lluvias caídas la noche anterior. Un gran desastre. Por lo visto había habido varios muertos. ¡Eso era el Sahel, y uno se podía morir de sed en la “época seca” o ahogarse en “época de lluvias”!. Precisamente coincidimos con la visita del nuevo Presidente de la Republica a los lugares, Mohamed Abdelallih, elegido en las ultimas Elecciones Generales del pasado mes de junio, que se iba de allí en esos momentos despegando en un viejo helicóptero militar justo cuando nosotros llegábamos. Pero podríamos decir que tuvimos suerte en ese detalle, casi, porque nada mas marcharse el Presidente también se fueron un montón de vehículos “todo-terreno” con personalidades bordeando la laguna, que también había inundado la carretera completamente, circulando por la ribera derecha. Y no tuvimos mas que seguirles por las dunas para salvar el obstáculo. Luego, al anochecer, continuamos hasta Ayoum el Atrous un centenar de kilómetros mas allá otra vez circulando por carretera pero apreciando que, efectivamente, las lluvias monzonicas típicas de esta época en el Sahel lo habían inundado todo, desde el cielo hasta la tierra. Fue una pena pero tuvimos que buscar un hotel para dormir temiéndonos que alguna “gota fría” cayera por allí por sorpresa, y en Ayoum el Atrous nos metimos en el hotel “Ayoum”, un cero estrellas con habitaciones sucias, algunas climatizadas.

Desde mi punto de vista el día diez de agosto fue el día mas bonito del viaje. Amaneció un poco nublado pero luego despejó, el sol vino a saludarnos y nosotros se lo agradecimos recorriendo los últimos cien kilómetros hasta la frontera de Malí alegremente. En Kobeni dijimos adiós a los mauritanos ilusionados por entrar en África Negra, pero hubo unos últimos Gendarmes en el Puesto de salida que no estuvieron de acuerdo con nuestros visados “de entrada” conseguidos en la frontera de Guerguarat cuatro días antes, y validos solo para tres. Hubo que arreglarse con ellos explicándoles que el retraso había sido debido a las inundaciones de Tintane, empezar invitándoles a tomarse un té a nuestra salud y terminar pagándoles la carne de un cordero de veinte euros para la cena… Fueron “comprensivos” y amigables, esa es la verdad, y nos dejaron marchar sin retrasarnos demasiado en la negociación. A medio día y otro centenar de kilómetros mas allá llegamos a Nioro du Sahel, la primera ciudad Negra de nuestro viaje, Republica de Malí. Estaba en un valle extenso y poco pronunciado que apareció en un cambio de rasante con mas vegetación y algunos árboles frondosos que sombreaban las casas construidas con ladrillos, adobe y techos de chapa ondulada. ¡Que ilusión nos hizo a todos inaugurarnos con esos descubrimientos particulares nuestros!; cruzar el Sahara con tu coche y llegar a esas latitudes, al “Sudan” que llamaron los Árabes en el siglo XII, era siempre ilusionante. La cosa siempre producía una extraña sensación difícil de explicar a la que ningún Blanco podía acostumbrarse nunca. Iba con la naturaleza humana. Yo nunca jamás ví a un Blanco que pudiera hurtarse a ella. Lo mas importante eran las sensaciones que despertaban en nosotros aquellas gentes Negras enjutas, secas y fuertes viviendo en poblados de casas de barro con techos de paja, pero también estaba el empezar a ver que el desierto se tornaba en sabana con algunas vaguadas boscosas, o que empezaban a aparecer campos labrados de maíz, mijo y sorgo, o que las secas acacias espinosas eran sustituidas por árboles frutales, por verdes mangos de hoja perenne y frondosa, gigantes kapokes o extraños baobas. ¡Llegar a Nioro du Sahel era cambiar de dimensión, mas que cambiar de país!. Pasamos por una nueva oficina de Aduana recién construida junto a la carretera que también acababa de inaugurarse; como quien dice, allí se estaban metiendo en la modernidad en esos momentos… La verdad es que nos recibieron con los brazos abiertos, bromas y risas, y nos dieron rápidamente nuestros documentos para poder rodar por el país durante un mes. Luego fuimos a la Comisaría, y allí también encontramos una agradable bienvenida, facilidad para ponernos los sellos de entrada en los pasaportes y rapidez para dejarnos salir corriendo rumbo a Bamako, que era lo que nos apetecía mas. Como el Seguro y el cambio de moneda local, seiscientos cuarenta francos CFA por un euro, nos lo había hecho un chaval muy espabilado que nos habíamos encontrado montando guardia en una chavola metálica plantada junto al primer Control de la Policía en Gogui, justo antes de llegar en Nioro, solo tuvimos que acelerar. Bamako estaba a  cuatrocientos kilómetros. La carretera era buena, y solo encontramos cincuenta kilómetros de obras. Justo antes de llegar a Bamako divisamos unas espectaculares vistas panorámicas de la capital extendiéndose por el valle del río Níger. Justo a la entrada de la ciudad y bajando por la avenida en la que se convirtió la carretera, a la izquierda, paramos en el “Grand Hotel”, un establecimiento tres estrellas amigable y acogedor, antiguo, el típico hotel de épocas coloniales que durante muchos años fue el mejor de la ciudad.

( continua en un segundo mensaje )
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AOV
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« Respuesta #1 : Octubre 10, 2007, 10:19:56 »

Desde luego que, el once de agosto, lo primero era visitar Bamako; el Grand Marché, la Maison des Artesans, el río Níger, sus calles, sus gentes… Para allá se fueron paseando los dos matrimonios… ¡mientras Asier, Mikel, José, Gerardo y yo nos quedábamos bañándonos en la piscina!; el agua se torno ligeramente marrón con toda la arena que llevábamos encima. Luego trabajamos algo llevando los coches a lavar para calmar nuestra mala conciencia, y nos reencontramos en la terraza del “Relax” olvidando el tema con unas litronas de cerveza “Castel”. Las bicis… ¡ni las bajamos para limpiarlas!; parecía que las llevásemos de adorno, para las fotos. Y por la tarde nos fuimos hasta Segou, la segunda ciudad mas importante del país y a doscientos cincuenta kilómetros al interior. La carretera mereció un cierto aprendizaje porque era diferente de las del norte, mas vieja, mas estrecha, con baches y escalones pronunciados en las cunetas, con chavales que malguiaban carros de madera tan tranquilos por en medio de la calzada y con un trafico relativamente abundante. Casi ninguno de los vehículos que encontrábamos era lo que podríamos llamar “normales”; los autobuses iban descuadrados rodando de lado, los camiones eran mas altos que largos, las furgonetas echaban tanto humo que no dejaban ver al otro lado… La cosa también difería en el tema de las barreras de Control porque no las había, aunque a cambio nos encontrábamos muchos de esos “gendarmes dormidos”, esos montículos o badenes en el suelo, en todos los pueblos que pasábamos. El desierto ya era solamente un lejano recuerdo, el paisaje seguía siendo horizontal y liso pero muy verde, con bosques frondosos en algunas partes y lleno de campos de cultivo en otras. Se veía a mucha gente trabajando en sembrados de algodón, de tabaco, de maíz, sorgo y mijo, pero nadie tenia maquinas. Todo estaba muy húmedo, yo diría que se respiraba abundancia por todos lados; ¡aquello era un autentico vergel. Los únicos sitios baldíos debían ser los que no habían tenido tiempo para cultivar. Desgraciadamente, toda esa abundancia solo la iban a poder disfrutar durante tres o cuatro meses al año, en la época de lluvias, precisamente cuando nosotros habíamos venido a visitarles. Llegamos a Segou al anochecer, nos instalamos en el hotel “L’Auberge” y cenamos ancas de rana con patatas hervidas, cordero a la menta con foutou y un postre de arroz con leche y yougourt en la terraza. Luego nos fuimos a dormir oyendo rayos y truenos, con una tormenta monzonica impresionante que estuvo descargando toda la noche torrencialmente.

El doce de agosto nos levantamos arremangándonos y muy dispuestos a meternos en faena. Nos íbamos a Djenne y teníamos dos posibilidades; si había mucha agua debíamos ir por la carretera asfaltada que circulaba por “tierra firme” y por la carretera de treinta kilómetros que se metía en los pantanos levantada sobre un dique; o si veíamos que no la había, estábamos decididos a meternos por las pistas de tierra que serpenteaban por el interior del pantano para alcanzar Djenne “a la antigua”, como en los años ochenta, a través de las regiones pantanosas del delta, haciendo vadeos y saltando puentes casi sumergidos. Con todo el agua que nos encontramos por allí… ¿qué debíamos haber hecho?; ir por la carretera asfaltada. Pero con lo bonito que era todo aquello… ¿qué hicimos?; nos metimos por las pistas del interior, difíciles pero mucho mas bonitas. Al principio empezamos bien porque fuimos bajo un cielo muy azul, sin nubes, rodando por una pista fácil levantada sobre un dique durante unos cien kilómetros. A derecha e izquierda fueron apareciendo coquetos poblados Bambara de barro con casas rectangulares grandes unifamiliares todas alrededor de sus mezquitas, pequeñas y viejas, de estilo sudanés muy antiguo, seguramente de los siglos XIV y XV, lo digo por sus formas suavizadas por el paso del tiempo y las sucesivas remozadas de barro que las habían ido dando tras cada “época de lluvias”, cada año, hasta exagerar espectacularmente el grueso de sus muros desplomados y redondear sus ángulos. La gente vivía para los campos de arroz y mijo que les rodeaban. De vez en cuando también pasábamos por otros pueblos diferentes de “peul”, o pastores, Ful Fulbé con casas y mezquitas también muy antiguas pero rodeadas de grandes cercados para animales, cebús, cabras y ovejas, y espacios diáfanos en vez de sembrados. Se les veían algunos burros y camellos también. Al principio fuimos circulando por extensas llanuras llenas de agua sembradas con mijo o arroz pero luego, recorridos unos cien kilómetros, llegamos a una zona en la que el agua lo inundaba todo, ya. Al pasar por un pueblo preguntamos por el camino y un señor nos señaló que no podíamos ir todo derecho pasando por Say hasta Djenne porque la ruta estaba inundada y nos aconsejó desviarnos hacia el oeste, dar un rodeo por San y volver a enfilar todo derecho desde allí rumbo norte hasta Djenne, luego. Así lo hicimos aunque eso suponía recorrer otro centenar de kilómetros suplementarios, unos matinales doscientos cincuenta kilómetros en total. Entonces empezamos a aligerar el paso acelerando el ritmo. Era una zona realmente repleta de agua donde tuvimos que ir vadeando charcos dignos del mismísimo capitán Nemo. Yo no puedo decir que la cosa me disgustara porque era divertido ir sorteando el agua, estudiando por donde pasabas cada zona afanándote en superar los obstáculos, pero lo que me quitó la sonrisa de la cara fue que, tras muchos charcos y arroyos, y siendo ya mas tarde del medio día, y muy distraídos todos mirando el paisaje y la multitud de poblados que íbamos pasando, en uno de esos charcos gigantes me despisté vadeándolo en segunda velocidad muy deprisa en vez de pasarlo en primera marcha despacito, hice una ola delante y el agua pasó por encima del capot metiéndose en el motor e inundando el coche. Finalmente quedé parado metido en el agua en medio del arroyo. Desastre total. Fernando me sacó tirando de eslinga con su Land Rover Defender, sequé el filtro de agua, quité los inyectores y los filtros de gasoil, e intenté arrancar tirando en tercera velocidad. Desgraciadamente no me tomé la molestia de sacar el aceite del carter también, y eso que llevaba para reponerlo, pensando que no podía haber entrado agua hasta allí… ¡Pero sí!, y al arrancar el coche oí un clac, clac, clac estruendoso, ví una humareda de humo blanco, y sentí un fuerte tirón. ¡El motor se desmoronó como un castillo de naipes!; fue como cuando se te cae al suelo un cajón lleno de tornillos y herramientas. Al abrir el capot vi el bloque y la carcasa de la caja de cambios abiertos como una lata de sardinas dejando ver todas las espinas de dentro. Por allí se veía hasta el esternon de mi Peugeot. ¡Desastre total, ya os lo he dicho!. Así se acababa el recorrido con mi 505. Una vez mas Fernando me volvió a echar una eslinga y a tirar con su infatigable Land Rover Defender, me arrastró unos cincuenta kilómetros de pistas encharcadas hasta San y otros doscientos de carretera asfaltada de regreso a Segou. Allí lo dejé, a buen recaudo, esperando un motor nuevo. Trasladamos el equipaje al Peugeot 205 de Mikel y Asier, nos subimos con ellos Gerardo y yo, José “el cantabro” se pasó con Fernando y su mujer al Land Rover, y dimos por acabado nuestro viaje a Tombouctú allí mismo volviendo grupas de regreso a casa.

Si digo que me volví con las orejas gachas miento, porque me lo pasé bien con los vascos. No quisieron quedarse sin conocer Djenne, una maravillosa ciudad medieval toda construida con adobe levantada sobre una isla fluvial en medio de los pantanos que se formaban en el delta de la desembocadura del río Bani en el Níger, y para allá nos fuimos al día siguiente, otra vez… ¡Esta vez circulando por la carretera asfaltada, claro!. Y tampoco quisieron perderse Mopti, otra de esas ciudades mágicas de Malí construidas en islas fluviales, otra maravilla de África. Al final el día quince de agosto cambiamos de rumbo y regresamos hacia el norte. Nos volvimos saltándonos las etapas de dos en dos; de Mopti a Bamako, de allí a Ayoum el Atrous, al día siguiente a Nouakchott, luego a Dakhla, y a Tan Tan, a Settat y a Málaga. Pero eso fue rápido y sin mucho que contar, así que me despido de vosotros hasta la próxima. Un saludo.

FIN DEL RELATO.

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WOODY
Visitante
« Respuesta #2 : Octubre 17, 2007, 05:47:09 »

Hola Aov.
Fantástico viaje, una pena ese vadeo profundo, que pasó con el coche?, lo dejaste en Malí?.
Saludos.
 
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AOV
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« Respuesta #3 : Octubre 17, 2007, 07:51:51 »

Hola:

Ya decia en el relato que Fernando me remolcó mas de doscientos cincuenta  kilometros de regreso a Segou con su Land Rover, eso habrá que agradecerlo por siempre, y lo pude dejar en el garaje de Ali, el patron aleman del hotel Djoliba.

Ali se llama realmente Albert Barth, su hotel me gusta mucho, y él mas: Me acuerdo cuando le conocí en los años 80; ¡el cabrón hacia las caravanas de camiones y autobuses mas espectaculares que he visto en mi vida!, y bajaba con ellas desde Alemania hasta Malí atravesando el deserto argelino. Una vez me lo encontré en el Tanesrouf: Ivan seis alemanes en cinco autobuses que llevaban a remolque otros cinco autobuses, diez cacharros en total, todos cargados con neveras llenas de cervezas, jua, jua, jua.

A mi Peugot le pienso bajar un motor y una caja de cambios nueva la proxima vez que baje. No es nada logico, ya lo se, lo mejor seria venderlo todo, pero... "C'est comme ça, mon amí". Es una cuestion de... ¿cabezoneria?. ¡Yo no dejo un coche tirado en Africa ni borracho!. Una cuestion de amor propio, mas bien...

Ese lo pienso arreglar y volver a subir a casa. Luego ya veremos si lo tiro por una cuesta abajo, al muy cabronhijoputamierdadecacharoo.

Saludos.
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antuan82
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« Respuesta #4 : Noviembre 11, 2007, 08:51:10 »

Aupa AOV

Somos los dos euskaldunes que conocisteis en Mali. Con el landy pintadito. XDXD. Veo que llegasteis bien. El otro dia un amigo del pueblo me comento que os conocía del curro. El mundo es un pañuelo! Bueno pues eso. A seguir bien y ya nos volveremos a ver. Espero que en africa. Agur!
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Hakuna matata
AOV
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« Respuesta #5 : Noviembre 12, 2007, 10:44:40 »

Hola:

¡Aprende de los currantes como yo y dale a la tecla, y escribete el relato de vuestro viaje mas pormenorizadamente, tambien!. A mi me gusta leer relatos de vuestras aventuras entre viaje y viaje, para ir matando el gusanillo. Cuentanos como fué lo de dejar el Land Rover. Y si llegaste a Tombouctu, el final.

Saludos.
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